Diana Luna, el cielo en las manos

*La artista poblana de la danza aérea creo Academia Luna, donde enseña a nuevas generaciones que  más que un espectáculo físico, es un acto íntimo de confianza

Jaime Carrera

Cholula, Pue.- Diana Luna Martínez empezó a volar a los 25 años de edad. No fue con alas, sino colgada de una tela.

Hasta entonces había caminado firme sobre tierra: dos carreras universitarias, una en docencia y otra en administración de empresas. Un anuncio en redes le mostró algo distinto: cuerpos flotando, girando, suspendidos. Sí, a su vida había llegado la danza aérea.

Vamos a intentarlo, pensó. Y desde el primer día, no quiso bajarse. Lo que descubrió en el aire no solo fue un ejercicio: fue una forma de vida.

Hoy, siete años después, Diana dirige su propio espacio en Cholula: Academia Luna. Allí, con paciencia, con cercanía y sin prisa enseña tela, aro y trapecio. “No quiero amontonar a mis alumnas —dice—. Prefiero ir despacio, pero que de verdad avancen, que se sientan seguras”.

En clase no hay competencia, hay procesos. Hay niñas que llegan con miedo a subirse, que tiemblan ante una caída controlada, que dudan de su fuerza. Diana las ve, las acompaña, las alienta. “Es bonito cuando de repente hacen algo que les causaba temor, y lo hacen sin miedo, con una sonrisa”.

La más pequeña de sus alumnas, una vez le dijo: “Cuando estoy arriba, siento que estoy en el cielo”. Diana lo repite con ternura. La danza aérea, más que un espectáculo físico, es un acto íntimo de confianza. Con cada subida y cada giro, las niñas aprenden a sostenerse con su propio cuerpo. Y, poco a poco, aprenden a sostenerse con su propia seguridad.

Diana lo sabe bien. También ella le temía a las alturas. Y aún hoy, a veces, ese vértigo regresa. Pero ahora lo abraza como parte del vuelo. “Es una adrenalina bonita —agrega—, porque sé que la superé. Ya confío en mí”.

Esa confianza, ganada con sudor, con repeticiones, con caídas y risas, es lo que busca transmitir. No hay atajos. Y tampoco hay presión. Cada quien va a su ritmo. “Si solo tengo seis telas, solo acepto seis niñas por hora. No más. Porque merecen atención, respeto, y espacio para crecer”.

La danza aérea no es solo técnica. Es confianza, es cuerpo que aprende, que se reconoce. Porque allá arriba no solo se cuelgan cuerpos: se sueltan inseguridades, se amarran nuevas fuerzas, se respira libertad.

Academia Luna nació después de la pandemia, en tiempos difíciles, pero con el deseo profundo de compartir lo aprendido. Diana no pidió apoyo de amigos ni familiares. Solo lo intentó. “Los primeros meses apenas salía para la renta”, recuerda. Pero poco a poco, como sus alumnas, la academia creció. Hoy son 18, que ya vuelan alto.

A madres y padres les dice con cariño, pero con firmeza: “No les pasen sus miedos a sus hijas”. Porque cuando ellas se cuelgan del cielo, están rompiendo barreras. Cuando se presentan frente al público están probando que pueden. No hay que hacerlas dudar. Hay que mirar cómo vuelan.

Y es que el aire, con el tiempo, se vuelve casa. Ahí, en la altura, donde antes vivía el miedo, hoy habita la fuerza. Hoy ella sabe que hay espacios que no se miden en metros cuadrados, sino en lo que ahí sucede. Hay lugares donde el cielo no está lejos, solo hay que estirar los brazos y ahí está Diana ensenándole a sus alumnas que volar sí es posible.

 

 

 

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